MI ALDEA

Pintando mi aldea, descubrí colores,
obreros del mundo de ilusiones bellas,
grumetes del barco que pinta los mares
por ríos de calle y entre puerta y puerta.

Pintando mi aldea hallé los tesoros
ocultos a aquellos sin fé ni paciencia
que hurgan noche y día entre los caminos
pasando por alto lo que nunca encuentran.

Usé los colores y usé los tesoros
para ir transformando en poblado mi aldea,
no la quiero tanto por lo que me ha dado
sino por confiarme su luna y su estrella.

Camino sus calles como una aventura,
es un paraíso y a la vez es selva,
florece la vida con todos sus tintes,
pasan al galope amores y penas.

Respiro ilusiones de noche estrellada,
perfume de glorias breves y pequeñas,
ríos amorosos, dulces sensaciones,
personajes vivos, canciones que llegan...

desde las guitarras a los corazones
como puente que une orillas opuestas
son su buena gente, sus paisajes claros
que el sol me regala al besar su huella.

Cae la tibia tarde sobre sus casitas,
se posa la noche sobre sus veredas
con la precisión y la sincronía
de las dos ampollas de un reloj de arena.

Da tanto sosiego contemplar la imagen
de aquellos que rigen climas y mareas
subir a los cielos detrás de los árboles,
bajar poco a poco y hundirse en la tierra,

y a su eterno ritmo marchar al trabajo,
barrer hojas secas, lavar la vereda,
cuchichear secretos, besar entre risas,
esperar encuentros bajo la arboleda,

ser participante de buenas y malas
y por todo eso tener que quererla
como a una muchacha que llena los cántaros
y a nadie le dice que es una princesa.

Es gruta escondida por entre los montes,
es traje guardado de días de fiesta,
es vieja fragancia que luce olvidada
anclada al recuerdo de amor centinela.

Mi aldea es un vino bien estacionado
que pacientemente a la mesa espera
donde cierto día será destapado,
un día de gloria, un día cualquiera...

Mi aldea es humilde, la pintan mis trazos
de pincel ingenuo sobre antigua tela
venciendo al que dice que está todo hecho
y pasa de largo sin ver las quimeras.

Por éso en mi lienzo aplico tesoros
tantos como tintes tiene su paleta,
mi aldea los puso una tarde en mis manos
y dijo: -permite que el mundo los vea,

que todos descubran mi magia infinita,
deja que se acerquen: pastores, carretas,
deja que mi vino sagrado destapen:
el órfebre, el ciego, el patrón la vieja.

Deja que conozcan mi cielo escondido
que hurguen en mi suelo, que caven en tierra,
construya el progreso sobre el cementerio
los hogares nuevos que dará la ciencia.

Lloró aquella tarde como una niñita
que pierde un juguete y ya no lo encuentra,
yo usé sus tesoros y sus mil colores
cumpliendo el mandato que ella me diera...

Y obreros del mundo, grumetes de barcos,
fueron a la obra, al muelle, a la senda,
construyeron casas, abrieron caminos,
por ser el motivo de orgullo de ella.

Yo aún le agradezco en mis simples versos
haberme confiado su espléndida ofrenda,
lienzos y pinceles, paleta y colores,
el sol y la luna, la nube y la estrella.

Marcelo Rinaldi

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