ANTE SU RODETE NEGRO...

Era un día como tantos,
la tarde húmeda y fría,
yo pensando en la muchacha
motivo de mi alegría.
Mi corazón es el nido
donde ni lenta ni fría
a menudo ella acurruca
su cabellera prolija.
Al sentir sobre mi pecho
su reclinar de osadías
ella oía mi latir,
y era de ella lo que oía.
La mañana olía a besos,
unos besos y caricias,
que esparcían por la casa
corazones, y sonrisas,
y conejos a montones,
chocolates, y osadías,
tibios pompones de lana
que en las nubes me tenían.
Su corazón es un templo
donde no tienen cabida
ni el orgullo, ni el pecado
para su gracia y mi dicha
y así al mirar tras sus ojos,
y ver lo inmensa y bonita
que es ella por adentro
supe que sería mía,
para que, en tanto ella quiera,
y Dios así lo decida
reine la paz en su alma
y sus días huelan a vida.
Es que aunque siendo pequeño
mi corazón resucita
al ver sus ojos morenos
tirar mis estanterías.
Porque aunque inmenso por dentro
mi grandeza se arrodilla
ante su rodete negro
y el filo de sus pupilas.


Marcelo Rinaldi

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